Estuvo Presente

Los mensajes de apoyo, de amor, de aliento, fueron poblando la Bombonera desde temprano. Pero el primer momento de emoción se dio cuando el equipo salió a la cancha y posó para los fotógrafos. Allí, mezclados con esa bandera sostenida por sus compañeros y que decía “Martín, todo Boca te espera”, estalló el “Paleeeermo, Paleeeermo” inolvidable, conmovedor, que se repitió en el final con la vuelta olímpica. Fue, en definitiva, el grito de guerra y de emoción de una noche de fiesta.

Si el Loco hubiese estado en la cancha, se le habría sacudido el alma. Pero la lluvia, la fría noche y el cansancio por la reciente operación (fue dado de alta pasado a las 14.30) hicieron que cambiara su idea de ir a la Bombonera. La gente, todos, se encargaron de que estuviera presente. Antes y después…

El Loco, al final, agradeció tantas ovaciones. “Las muestras de cariño que recibí (hasta Simeone, DT de River, lo llamó), fueron impresionantes. Es increíble el apoyo. Me hubiese gustado estar festejando este título, pero me sentía cansado y no quería arriesgarme”, explicó él.

Los hinchas, igual, lo esperaron desde temprano. Por eso, en la antesala del vestuario, ya se vieron los primeros carteles: “Martín, recuperate pronto, te estamos extrañando”. Luego, en los palcos, hubo de todo. Una que decía “Fuerza 22 (referencia al Loco)” y otra con declaración de romance eterno: “Un yeso dura seis meses, mi amor por vos toda la vida”.

Así, sin haber estado en la cancha, Palermo se robó la atención. Incluso en el momento que a Riquelme le estaban dando una plaqueta por su medalla de oro en los Juegos, la gente no olvidó a su otro ídolo: “Aplaudan, aplaudan. Los goles de Palermo que ya van a venir”, fue el grito que sacudió el estadio. “Lo escuché, fue impresionante”, dijo en radio Mitre.

Ese mismo cantito entonaron sus propios compañeros, en plena premiación, y con la bandera dedicada a él flameando con la Recopa. Luego la pusieron en el piso y todos, de la mano, hicieron una ronda. “Palermo, querido, la Doce está contigo”, se escuchó. “La verdad, me hicieron emocionar”, aseguró él. Sí, no jugó, pero estuvo. Y fue campeón.

Olé

Besos

Todo Salio Bien

Por varias horas, la clínica Agote, en Recoleta, se revolucionó. Móviles en vivo, periodistas, hinchas, curiosos, amigos y gente del fútbol no querían perderse el momento. Es increíble lo que provoca Martín Palermo, mediático hasta en una de las circunstancias más duras de su carrera. El Loco llegó cerca de las siete de la tarde junto con Gustavo Goñi, su representante. Saludó ante los flashes que lo iluminaron como si acabara de batir otro récord y agradeció el “tranquilo, fuerza”, que varios hinchas le dedicaron. Ahí se metió en la clínica. Sí, aunque parezca increíble ante tanta movida, sólo había llegado al lugar para operarse.

La intervención, a cargo del doctor Jorge Batista, duró aproximadamente una hora cincuenta y tuvo dos etapas: una, la conocida artroscopia, para recomponer el ligamento cruzado anterior. Y una segunda, a cielo abierto (lo abren en la cara interna de la rodilla), para reconstituir el ligamento lateral interno, que a diferencia del 99 (aquella vez sólo sufrió una distensión), también se rompió. ¿Cómo salió todo? “Realmente, fantástico. Se comprobó la lesión de doble ligamento y se reparó sin inconvenientes”, le confirmó Gustavo Liotta –a cargo del cuerpo médico– a Olé.

Martín pasó la noche en la clínica y hoy al mediodía será dado de alta. Sí, a tiempo para cumplir uno de sus primeros deseos una vez operado. ¿Cuál? Estar hoy en la cancha alentando a sus compañeros contra Arsenal. ¿Cómo? ¿Es posible verlo a Palermo dar la vuelta en muletas en caso de que Boca gane la Recopa? Viniendo de Martín, no sería extraño. Incluso, ya tiene el ok de los médicos, excepto alguna complicación que no lo aconseje.

Ayer, por lo pronto, el Loco estuvo muy acompañado en la clínica. Además de recibir mensajes de aliento de todo tipo, fueron a visitarlo Pablo Migliore, hoy en Racing, el Profe Córdoba, los dirigentes Crespi y Beraldi, varios amigos de La Plata y su hermano Gabriel.

Si bien es probable que hoy vuelva a la cancha aunque como espectador, ayer Palermo dio el primer paso para su regreso. Tendrá varios días de reposo y luego comenzará la etapa más dura de la recuperación. La intención es que esté para realizar una parte de la pretemporada y que en los primeros días de febrero pueda hacer fútbol. Y volver para la Copa…

Olé

Besos

Carta Abierta A Martín

Voy a comenzar por contarte que en el momento de tu caída, al ver que te tomabas la pierna, les dije a los que estaban viendo el partido conmigo en casa: “Martín se jodió, él nunca se agarra nada”.

Vuelvo 10 años atrás cuando nos conocimos en Tandil, junto a todos los componentes de un grupo extraordinario, con una capacidad de inteligencia muy grande. Ya te conocía futbolísticamente, pero como se puede conocer a un adversario viéndolo jugar contra uno, por algún partido en la televisión, o cuando se asiste al estadio como simple espectador.

Te veía algo que me gusta de los “9” y es que te sentías muy bien dentro de los 18 metros del área, donde no todos se encuentran bien. Hay para todos los gustos en ese puesto: los que se tiran atrás para llegar tocando, o los que van por los costados. Pero vos no. Tu sector era y es el área grande, teniendo además una gran virtud: saber dónde va a caer el balón para anticipar al defensor que no lo sabe.

Contar con un goleador como vos, además de otro que desbordaba al nivel de Guillermo y otro que construía y distribuía como Román, significaba que más de la mitad del trabajo que tenía que hacer para armar el equipo ya estaba hecho.

Bendito ’98 que nos juntamos todos en el lugar indicado y en el momento justo, para cumplir nuestros sueños más preciados como componentes de un grupo con apetito de triunfos.

Futbolísticamente pienso que esos momentos tuyos fueron irrepetibles, porque te consolidaste como goleador ante todos los que dudaban y cuestionaban tus cualidades de definidor.

Hasta que llegó ese partido en Santa Fe contra Colón (el 13 de noviembre de 1999), en el que te rompiste los ligamentos cruzados de la rodilla derecha.

A partir de ahí viviste momentos de dudas terribles, haciéndonte todas las preguntas posibles después de cada sesión de “kine”. Luego pasaste a trabajar en el campo, donde de a poco veías la puerta de salida, a medida que empezabas a tocar el balón y a participar de los picados.

Y no me olvido ese entrenamiento, al día siguiente de la derrota por 2-1 contra River en la Libertadores, en el cual le convertiste dos goles a tu amigo Abbondanzieri.

Recordaré siempre que te agarré al final del mismo y te avisé: “Vas a ir al banco el miércoles próximo y vas a calentar al comienzo del 2ª tiempo, para entrar cuando falten 30 o 20 minutos”.

Te dije además que en esto no había nadie que desee tanto que las cosas te salgan bien más que yo. Recordarás también a los que no estaban seguros de tu posible vuelta…

Si no tomaba esa decisión no hubieras vivido los momentos que llegaron luego.

A partir de ahí, en la cuenta regresiva hasta la semana siguiente, tenías un gran quilombo en la cabeza porque no esperabas que te dijera eso.

La historia terminó bien, con el muchachito de la película diciendo: “Aquí estoy de vuelta”.

Pasamos momentos de charla de todo tipo según tus estados de ánimo. Entre ellas, una en el tunel de una cancha, donde conversamos 30 minutos mientras jugaba la Reserva. Un rato después convertirías el gol de la victoria por 1-0.

Repasamos tu lesión de España, tras la cual también apretaste los dientes y te dijiste por segunda vez: “Voy a volver”. Desde tu regreso a Boca, llegamos a un presente lleno de satisfacciones, preparado para batir todos los récords de eficacia. Una cuestión que esta lesión quiere impedir pero no logrará, porque la vuelta vas a ir programándola de a poco, según tu evolución en la recuperación.

Sos un tipo ganador por naturaleza, con mucha confianza en vos mismo, cualidad que no todos poseen.

Sabés muy bien que el sacrificio físico vas a tener que hacerlo vos, pero que seremos muchos los que desearemos volver a verte en un campo de juego, conviertiendo en gol una situación que para otros no lo era.

Martín, como te dije, vamos a peleársela al destino, que sepa que sos vos el que decidís cuando vas a dejar de golear. No va a ser él, con sus piedras en el camino, el que nos complicará el final.

“El destino conoce nuestro destino que nosotros no conocemos”.

Volverás y después de un par de récords (entre ellos los 206 goles que convertí en Vélez), levantarás los brazos y tendrás todo el derecho de dar las hurras, para disfrutar de haber sido el máximo goleador de los últimos 15 años.

Toda mi admiración y respeto, deseando y esperando tu retorno para poder festejar otro gol.

Felicidades.

Carlos Bianchi

Besos

Un Capítulo Más

La vida se empecinó una vez más con Martín Palermo. Otro obstáculo se le interpuso en su larga trayectoria, siempre marcada por profundos altibajos. Hace sólo diez días, el N° 9 anotó su gol 194 con la camiseta de Boca y alcanzó a Varallo en la cima de los máximos artilleros del profesionalismo xeneize y, con al menos un año de contrato por delante en el club, el delantero soñaba con sumar una cantidad de tantos que lo acercara a los mejores de la historia. Además, Alfio Basile evaluaba citarlo para los próximos partidos por las eliminatorias. Pero la mala fortuna lo aguijoneó, injustamente si se tiene en cuenta su gran constancia: en una acción solitaria ante Lanús, el Loco saltó en busca de un centro y al caer apoyó todo el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha mal ubicada, por lo que sufrió la rotura del ligamento lateral interno y del ligamento cruzado anterior de la rodilla, la misma operada en noviembre de 1999, cuando se rompió los ligamentos cruzados y, en ese estado, ante Colón, logró su gol N° 100.

Antes del final de la primera parte, Palermo fue atendido por los médicos, a un costado del campo; quiso aguardar el descanso para volver a probar la rodilla y conocer si mermaba el dolor. Pero el agudo malestar lo obligó a trasladarse inmediatamente al Centro de Diagnóstico TCBA, en Salguero 560, junto con el médico José María Veiga y el vicepresidente 3°, Juan Carlos Crespi. En un principio, Pablo Ortega Gallo, uno de los médicos del plantel xeneize, fue cauto y se refirió a “un esguince de rodilla”, pero luego de una resonancia magnética la peor noticia llegó a oídos del atacante, que abandonó el lugar llorando desconsoladamente.

“Martín está destruido anímicamente; no podemos creer la mala suerte que tuvo otra vez en su vida. Encontramos los resultados que no queríamos encontrar…”, le confesó Veiga a LA NACION, minutos después de las 21. ¿Cuáles serán los pasos venideros? Veiga explicó que el jugador será operado en las próximas 48 horas y que el tiempo de recuperación le demandará “entre cinco y ocho meses”.

De todos modos, Veiga ponderó la fuerza de voluntad del futbolista, que el 7 de noviembre próximo cumplirá 35 años: “Es una persona muy especial y hoy (por ayer), luego de la bronca por la noticia, ya empezó a pensar en reponerse. Es muy fuerte y todos vamos a apoyarlo en este momento”.

Más allá de los récords y los títulos conquistados, los golpes son una particularidad en la carrera del Titán . En mayor o menor medida, vale un repaso: en julio de 1999 falló tres penales en el seleccionado, ante Colombia, por la Copa América; cuatro meses después, se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla derecha; en noviembre de 2001, festejando un gol en Villarreal, la presión del público hizo ceder una valla de contención, que le cayó en la pierna derecha y le fracturó la tibia y el peroné; en mayo de 2004, Lorena, por entonces su mujer, sufrió un aneurisma cerebral que puso en riesgo su vida; y en agosto de 2006, pocos días después de sufrir la muerte de Stéfano, su hijo recién nacido, Martín le puso el pecho al dolor y le hizo dos goles a Banfield… Nuevamente, la vida lo pone a Palermo frente a una de las circunstancias más angustiantes que puede padecer un deportista.

Pero el que piense que esta lesión lo pone al borde del retiro, se equivoca. Una declaración suya en diciembre de 2006 lo pinta de cuerpo entero, como un optimista de la vida: “A veces cuesta seguir adelante, porque los golpes son duros (…) Pero hay que entender algo: las cosas buenas se disfrutan, pero de las cosas malas también se aprende…”.

La Nación

TODA LA FUERZA DEL MUNDO PARA NUESTRO IDOLO

Besos

“Mi Papá Me Enseña A Definir”

Prácticamente no hay que esperar nada. Ni siquiera un movimiento, un toque, un cabezazo, una jugada. La primera imagen ya genera impacto. Sale a calentar la categoría 96 de la escuelita de fútbol de Estudiantes. Sale con la camiseta tradicional del club. Sale el 2, sale el 5, sale el 10, sale el 9. El 9 es él, Palermo. Ryduan Palermo. Y alguno dirá que sí, que es cierto, que no podía ser de otra manera. ¿Qué número iba a usar, acaso? Será por eso que, ahí mismo, es imposible no recuperar recuerdos. Ese vestuario que lo deja aparecer, el que está al ladito de la vieja pensión que tantos chicos vio llegar a Primera, es el mismo donde se cambió su papá. Esa camiseta, la roja y blanca a rayas verticales, fue la misma que usó papá en sus primeros pasos en el fútbol. Esa cancha, la auxiliar, la que está al ladito del viejo estadio de 57 y 1 (ahora en plena remodelación), es la misma en la que papá comenzó a meter goles hace 23 años. Papá es Martín. El Loco. El Palermo ídolo. Ryduan es su hijo, su legítimo heredero. Hasta en la camiseta…

A Ryduan no le dicen así. Ni Loco, ni Loquito, ni Garza, el apodo que escuchó Martín durante todas las Inferiores. Es alto, pero sus piernas no son desgarbadas, sino más bien fortachonas. Ryduan tiene 12 años. Y lo llaman simplemente Ryduan. O Paler. Muy pocas veces a Luis Martín, su técnico, se le escapa el Palermo en alguna indicación. Cualquier podría pensar que tal vez lo hace para sacarle presión, para que los demás (sobre todos los rivales) no lo miren diferente. O acaso para no despertar el uy, che, mirá quién es ese chico. Pero en realidad no parece necesario: la mayoría está al tanto de que en esa categoría juega el hijo del goleador de Boca. Y pocos lo hacen saber. Es lógico en algún punto. El seguimiento de los padres pegados al alambrado apunta, principalmente, a sus propios hijos. Ellos, de acuerdo a esa mirada, son los mejores. No hay otros.

Desde ese mundo exterior, entonces, Ryduan no parece sentir el peso específico del apellido. Tampoco tiene influencia en sus compañeros. “Me tratan re bien acá”, dice él. Ryduan juega, toca, se muestra, se divierte. “Me gusta jugar de delantero, meter goles. Yo pedí jugar arriba”, dirá después, dejando en claro que ahí no hay herencia obligada: su puesto es propia decisión. Y hay que mirarlo detenidamente, asociar poses, para comprobar que sí, que por momentos es una fotocopia de su padre. La lenguita afuera y la mano izquierda en jarra para esperar la pelota cuando el equipo se defiende es un movimiento típico de Martín que Ryduan repite a la perfección.

Carlos lo nota. Carlos es su abuelo, el padre del goleador. Como en los viejos tiempos, otra vez está ahí, contra el alambrado. Conoce a la perfección cada lugar de esa cancha. Recuerda las tardes de Inferiores que pasó allí, la ronda de mates con su esposa Mary, las charlas con los otros padres de la categoría 73, la parrilla que está ahí atrás, exactamente en el mismo lugar donde se hacían las despedidas de año del fútbol amateur. ¡Si habrá visto Carlos hacer goles al Loco en ese mismo campo! “La verdad que sí, de todas las formas y colores”, se ríe. Y aunque no entra en el juego de las comparaciones con su nieto, al que lleva y trae todos los sábados como lo hacía con su hijo, la nostalgia por momentos lo invade. “El partido pasado Ryduan hizo un gol de cabeza. Igualito a los que hacía Martín”, avisa. Y se emociona con los recuerdos. “De alguna manera, con mi nieto se repite la historia familiar y una rutina que hice mucho tiempo. Yo empecé a venir a esta cancha con Gabriel, mi hijo mayor, y luego con Martín. Así que es una satisfacción poder hacerlo de nuevo con él. Yo lo veo contento y a mí me da placer acompañarlo como pasaba con su papá”, cuenta.

“Dale, Paler, andá, metete entre los centrales”, se escucha. “Eso, Paler, poné el cuerpo, seguí jugando, así, bien, bien”, insiste el entrenador. Y Ryduan va, pivotea, toca con precisión, descarga atrás con derecha (su pierna hábil). No es egoísta. No quiere hacer la de él. “¿Qué me dice mi papá? Me enseña cómo definir. Cuando estamos juntos, siempre jugamos a la pelota. Eso es lo que más hacemos. Después, también miramos películas o paseamos, la pasamos bien”, dice con la timidez de un chico que está acostumbrado a los medios, sí, pero de la mano de su padre. El domingo pasado, de hecho, entró a la Bombonera con el goleador, esta vez con el buzo xeneize. “¿De qué cuadro soy hincha? Y. de Boca. Pero también quiero que le vaya bien a Estudiantes. Es el club donde juego”, dice. La influencia es directa, razonable. Prácticamente no vio a su padre jugar con la camiseta roja y blanca. Desde que nació festejó sus goles con la azul y amarilla. “Igual grito los goles de todos, no sólo los de él”, aclara.

Hay un cambio. Y sale Ryduan. Sale por segunda vez. No hay, en ese sentido, privilegios por llamarse Palermo. Es para todos igual. La escuelita donde juega no participa de los campeonatos de la AFA, sino en uno que se llama TEFI (Torneos de Escuelitas de Fútbol Infantil), partidos en los que se busca que todos jueguen lo mismo y aprendan a competir (de hecho, con Ryduan en cancha, Estudiantes fue el campeón invicto del Apertura en el último semestre). Ya tendrá tiempo, si sus condiciones le dan y él también quiere, de hacer sus primeros pasos en las Inferiores. Por ahora la pasa bien así. Y sueña. Por él y por su padre. “Me gustaría jugar alguna vez en Primera, seguro. Y también poder ver a mi papá en la Selección”. Viniendo de un Palermo, claro, todo es posible…

Fuente Olé

Besos