VOLVIO MARTIN

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Las gargantas se guardan, no gastan el aliento. La voz del estadio recita la formación, alargando las vocales. Uno a uno. Abbondanzieri, Ibarra, Roncaglia… Los nombres pasan y casi no hay respuesta de las tribunas. Sólo Riquelme obliga a elevar el tono. La Bombonera, en realidad, se está reservando. Recién estalla cuando su apellido sale de los altavoces. Es el prócer inmortal que vuelve por segunda vez de la luz blanca del quirófano y conmueve a la multitud. “PV”, dicen las pancartas a su espalda, a través del acrílico, cuando asoma a la Bombonera después de 174 días. “Palermo vuelve”, anuncian esas dos letras.

La cancha, tal vez porque su vuelta está por encima de todo, de las otras figuras y del partido, se encuentra apagada de arranque. Boca no da respuestas y nada. No pasa nada en las tribunas. Abbondanzieri se exige, Roncaglia pifia un cambio de frente, Schiavi le entra duro a Román, Noir define dos veces por arriba del travesaño. Y nada. Ni siquiera la vuelta del Pato al arco de la popular local despabila a la gente. El “Pato, Pato…” parece algo tibio comparado con lo que se viene…

En un costado, entre la línea y la platea preferencial, van y vienen los suplentes, con la camiseta cubierta con pecheras grises. Están todos, está él. El que volvió una y mil veces. El que hizo el gol 100 con la rodilla rota y, burla del Tolo Gallego mediante, volvió con un gol en el superclásico de la Libertadores 00. El que sabe lo que es que una pared con un centenar de hinchas del Villarreal se caiga encima de una pierna y se la rompa. El que batió el récord de Pancho Varallo y tuvo que lidiar con una nueva lesión en una rodilla. Y ahora, rumbo a un regreso más, corre, estira la pierna sobre uno de los carteles y se prepara para tirarse de cabeza a la cancha.

Los suplentes de Newell’s también se mueven para entrar. Apenas salen del banco, unos minutos después que Boca, se lo cruzan al Loco y uno a uno le dan la mano o un beso, cruzan unas palabras. Como lo harían ante un prócer, uno de esos jugadores que están por encima de todo, por encima de cualquier camiseta, del bien y del mal. El les devuelve el gesto y sigue en lo suyo, muy metido. Hasta que a los 23 minutos, llega el llamado del banco, se saca la pechera y la Bombonera explota. Explota mal. Como pocas veces. Como lo hace en las tardes especiales. La vuelta de Maradona, de Bianchi, de Riquelme, la despedida de Guillermo. Una mezcla de aplausos, griterío, canción… Todo junto.

“A veces no tengo palabras de agradecimiento, cómo devolver este cariño. Lo importante es que estoy de vuelta y me sentí bien, me pude mover sin miedo, sin temor ni nada. Más allá del resultado, el martes hay una nueva revancha, comienza la Copa. La idea es ir sumando minutos, y haber entrado me hizo bien”, dice sobre los 22 minutos en cancha. Y enseguida, a modo de conclusión, agrega: “Fue el primer paso, como que me saqué toda la carga de encima”.

Entero, activo, motivado, comprometido, ansioso, feliz. Capaz de ir al piso a tratar de tapar un despeje sobre la izquierda, de trabar con Spolli, rechazar limpio de cabeza en su propia área y de bajarle una pelota en la medialuna a Riquelme. Para el gol, lo suyo, no parece ser el mejor partido. Pero no le faltará oportunidad. “Esto recién empieza”, avisa. Palermo vive.

Olé

Besos